En las últimas semanas ha quedado expuesta la grave corrupción proveniente del fuego amigo de Adán Augusto y sus colaboradores del cártel de Macuspana. También ha salido a la luz el fraude millonario del huachicol fiscal, donde todo apunta a que el gran orquestador es López Obrador.
No es poca cosa. Estamos hablando de casos comparables a grandes escándalos de colusión con el crimen, como el de García Luna, ya enjuiciado, o desfalcos millonarios como “La Estafa Maestra”. Lo más grave es que una institución como la Marina está involucrada hasta el tuétano en un fraude que alcanza a empresarios, gobiernos y Fuerzas Armadas. Es descabellado, pero como esto toca a Morena, la “esperanza de México”, casi no se genera escándalo social.
¿Cómo pasa esto? Esta semana, en la más reciente encuesta de El Economista, Claudia Sheinbaum alcanzó un 71.6% de aprobación, subiendo 10 puntos en solo un mes. Muchos dirán que los escándalos de corrupción no la afectan porque no son suyos. Sin embargo, sí involucran a las instituciones que ella representa, al partido que la apadrina y a sus supuestos colegas de la transformación. Y claro, hay grillas internas, intocables que no serán tocados y otros que saldrán bien librados pese a sus escándalos. Pero ese no es el punto central.
Da pena ver a figuras de la oposición como Ricardo Anaya intentando explicar con peras y manzanas por qué esto es tan grave, y que al ciudadano común simplemente no le importe. Para muchos, “Canayín” no tiene autoridad moral porque el PAN robó más, porque García Luna era peor. No solo Anaya: toda la oposición se desgasta en demostrarlo y no conmueve a nadie.
¿Por qué pasa esto? ¿Por qué los defensores de Morena y la 4T lo justifican todo? La respuesta simple: porque reciben su beca. No importa si Adán es corrupto, si la Marina roba o si hay narcos en el gobierno: mientras me lleguen mis 3 mil pesos al mes, ya gané.
Pero quedarnos en ese discurso sería repetir lo que dicen opinólogos y tuiteros. La realidad es que también la oposición y sus seguidores se cierran a ver muchas cosas. En 2023 y 2024 ya era evidente que la oposición perdería: Xóchitl Gálvez no crecía, no era el perfil adecuado para el contexto, y aun así partidos y ciudadanos se aferraron a ella. ¿Por qué? Ahí entran otras respuestas que vale la pena reflexionar.
Desde la psicología, una explicación es la disonancia cognitiva, planteada por Leon Festinger. Cuando una persona recibe información que contradice sus creencias más profundas, activa mecanismos de defensa: cambiar pensamientos, justificar, evitar lo incómodo o negar la evidencia. Ejemplos sobran: “el PRI robó más”, “Calderón fue peor”, “hoy estamos mejor”.
Otro concepto clave es el sesgo de confirmación: la tendencia a buscar y recordar solo lo que refuerza lo que ya creemos. Es un sesgo difícil de combatir porque las redes sociales lo alimentan: te muestran contenido diseñado para reafirmarte. Y en la era de la posverdad, ya no se dialoga: se impone la idea de que cada quien tiene “su verdad”, y el debate se convierte en una pelea por humillar al otro.
Así, si solo te informas con El Soberano o las mañaneras, creerás que la 4T es una maravilla. Si solo ves Latinus o Atypical TV, creerás que la oposición es perfecta. No hay medios totalmente neutrales, pero sí espacios que invitan a la reflexión y a entender que ni todo allá es tan bello, ni todo acá es tan terrible.
En la sociología entra un fenómeno aún más fuerte: el tribalismo. Los seres humanos buscamos certezas y validación. Decir “yo tengo razón” da placer, y la tribu lo refuerza. Si millones repiten que Xóchitl será presidenta, se convierte en verdad emocional aunque no haya pruebas. El tribalismo suele girar alrededor de un líder que dicta las ideas y reglas a defender. Criticar esas ideas duele, pero criticar al líder duele más. A esto se le llama backfire effect o efecto rebote.
El tribalismo no es exclusivo de Morena o del PRIAN. Está en providas vs. proaborto, propalestinos vs. proisraelíes, en debates políticos, sociales y culturales. La sociedad obliga a tomar partido: si criticas a Morena, eres prianista; si criticas al PRI, eres chairo. Si criticas a Netanyahu, eres propalestino; si criticas a Hamás, eres proisraelí. En ese terreno, no hay espacio para el diálogo ni para pensar distinto.
También existe la negación colectiva y el pensamiento mágico. Muchas personas prefieren negar realidades incómodas porque aceptar que la oposición está rota duele, y más aún aceptar que Morena también lo está. Reconocerlo significaría enfrentar que tenemos crisis políticas y democráticas profundas. Y es más fácil culpar al otro que aceptar que todos somos parte del problema.
¿Cómo se combate esto? No es sencillo. La cultura occidental tiende al tribalismo y los sesgos. Son problemas de raíz que solo se resuelven con educación en pensamiento crítico y sentido común, el menos común de los sentidos.
Quien quiera vivir libre de tribalismos debe cuestionar incluso sus propias creencias, lo que ve y lo que escucha. Todos tenemos convicciones no negociables y está bien, nos dan identidad. Pero también hay temas que deben dialogarse, debatirse y corregirse. Reconocer que podemos estar equivocados es el inicio de la madurez política.
En el debate público casi nadie lo hace, pero si hubiera más políticos capaces de renunciar a las banderas ideológicas y apostar al bien común, quizá este país podría cambiar de rumbo.
Mi invitación: renuncie a sus tribus, piense por usted mismo y no tema nadar solo. Al final, las ideas se encuentran y los espacios se abren.
