Por Guillermo Torres Quiroz
La marcha del 15 de noviembre marcó un punto de quiebre político imposible de disfrazar con narrativa oficial. El país presenció algo que el gobierno no esperaba —o no quiso ver—: un hartazgo ciudadano que rompió el silencio, cruzó generaciones, encendió ciudades y evidenció que el discurso triunfalista del régimen ya no conecta con la realidad que viven millones.
La Generación Z convocó, pero no marchó sola. Familias completas, adultos mayores, trabajadores, estudiantes, víctimas de la violencia e incluso ciudadanos sin filiación política caminaron bajo un mismo grito: “basta de inseguridad, basta de corrupción, basta de impunidad”. La reacción gubernamental no fue diálogo, sino represión. Entre gases lacrimógenos, golpes, mujeres jaloneadas por mujeres policías encapuchadas y niños llorando por el gas, quedó claro que el Estado decidió inhibir, no escuchar.
La contradicción histórica de un gobierno que fue oposición
Los mismos que bloquearon Reforma durante 47 días ahora exigen que las marchas sean “pacíficas e inofensivas”. Los mismos que justificaron tomas, pintas y bloqueos, hoy descalifican a ciudadanos llamándolos bots, ancianos, manipulados o conservadores. La Presidenta Sheinbaum exige “vía pacífica”, pero recibe a los manifestantes con murallas metálicas y grupos antimotines. Su gobierno repite las prácticas que antes denunciaba.
La incongruencia es tan profunda que la imagen más poderosa de la jornada —un ciudadano con la bandera de México, golpeado sin motivo— terminó en portadas y análisis de medios internacionales, que criticaron con dureza la represión. La prensa extranjera ve lo que el oficialismo niega: México vive una regresión en derechos y libertades.
Carlos Manzo: el catalizador
El asesinato del alcalde Carlos Manzo, crítico de Morena, aceleró el desgaste del gobierno. Su asesinato se volvió símbolo nacional. De Tabasco a Baja California Sur, ciudadanos portaron el sombrero del movimiento que él impulsó. Su abuela marchó; ¿también ella es “conservadora pagada”? La torpeza del gobierno para abordar el crimen —minimizarlo, despreciarlo, callarlo— solo encendió más el enojo social.
Las encuestas reflejan esa conmoción: la misma casa encuestadora internacional que el oficialismo usó para presumir popularidad hoy coloca a Claudia Sheinbaum con una aprobación cercana al 41%. Cuando el discurso choca con los datos, la realidad gana.
Un gobierno que se endurece y una oposición social que despierta
Los episodios recientes muestran una tendencia:
- El gobierno descalifica todo disenso.
- Las instituciones pierden independencia y fuerza.
- La inseguridad crece sin control.
- El crimen organizado ocupa espacios de autoridad local.
- Crece la percepción internacional de descomposición.
Mientras tanto, lo que sí crece dentro de Morena es la irritación. Desde la Presidenta hasta operadores como Mario Delgado o Gerardo Fernández Noroña —quien fue abucheado en la Universidad de Guanajuato— reaccionan con enojo, insultos y ataques personales. Noroña, otrora combativo y retador, se convirtió en un político a la defensiva, sin argumentos y sin capacidad de diálogo frente a jóvenes que exigen respuestas reales.
La sombra del crimen organizado y la preocupación internacional
Estados Unidos vuelve a poner a México en la mira. Desde el “Plan Lanza del Sur” hasta la propuesta de catalogar al Cártel de los Soles como organización terrorista, la preocupación es evidente: grupos criminales operan con niveles de poder similares a los de un Estado. Trump y senadores estadounidenses mencionan a México en sus discursos. La posibilidad de intervención ya no es un tabú.
Cuando la violencia rebasa niveles históricos y los desaparecidos se acercan peligrosamente a cifras superiores a todo el sexenio de Calderón—en menos de dos años—algo está profundamente roto.
En 2027 sabremos si México sigue un camino similar al de países donde el voto ya no define el futuro, o si la ciudadanía logra frenar la deriva autoritaria.
Lo cierto es que el 15 de noviembre abrió un nuevo capítulo: el despertar del ciudadano que ya no teme, ya no calla y ya no acepta narrativas fabricadas.
El gobierno puede negar la realidad, pero no puede detenerla. Puede reprimir una marcha, pero no puede reprimir el hartazgo. Puede insultar a quienes protestan, pero no puede evitar que protesten.
México vive un momento decisivo: o se impone un modelo autoritario maquillado de democracia popular, o la sociedad recupera el rumbo institucional, cívico y libre que el país merece.
El tigre del que habló Carlos Manzo ya despertó. Y no hay narrativa oficial que pueda volverlo a dormir.
EL DATILLO
Antes de dejar su cargo como presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), Francisco Cervantes se apresuró en ratificar en Palacio Nacional, el Paquete contra la Inflación y la Carestía (Pacic). Porrista de la 4T y de Claudia Sheinbaum también le dejo un mensaje a su sucesor, el expresidente de COPARMEX, José Medina Mora; “confió en que siga la buena relación con la presidenta”.
José Medina Mora puede traer una frescura al CCE, donde el dialogo y la crítica constructiva pueden ayudar a que el gobierno actual entienda el papel del sector empresarial, no de un enemigo sino de un aliado que tampoco puede actuar de forma ciega.
