Por Guillermo Torres Quiroz
El escenario político mexicano vive momentos de tensión. Uno de los hombres más cercanos a López Obrador, Adán Augusto López, ha comenzado a desplomarse públicamente, y con él, se tambalean varias piezas del tablero morenista. El caso de Hernán Bermúdez, ex secretario de seguridad de Tabasco y hoy prófugo de la justicia por presuntos vínculos con el crimen organizado, no solo expone corrupción, sino que revela una profunda crisis de liderazgo y cohesión en el partido en el poder.
La tibia recepción de Adán Augusto en el Consejo Nacional de Morena, su entrada por la puerta trasera y el desdén de figuras clave como Ricardo Monreal o Andrés López Beltrán, no son casualidad. Son síntomas de una división interna cada vez más evidente: los “lopezobradoristas” que siguen esperando instrucciones del líder retirado, y los “claudistas” que buscan marcar su propia ruta bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum.
Luisa María Alcalde, identificada hasta hace poco como parte del círculo más cercano de AMLO, ahora parece alinearse con Sheinbaum. Su reciente discurso, aceptando la investigación contra diputadas de su propio partido, muestra una voluntad de “cortar cabezas” para preservar la imagen de transformación que Morena insiste en proyectar. Pero la pregunta es inevitable: ¿quiénes serán los siguientes sacrificados?
Mientras tanto, Estados Unidos observa y actúa.
A medida que se intensifica el enfoque estadounidense en el combate al narcotráfico, México se muestra frágil, sin política exterior definida y con una diplomacia improvisada. De los 100 compromisos de campaña de Claudia Sheinbaum, apenas tres abordan temas internacionales y solo uno menciona la seguridad. El resto es puro discurso.
El contraste es brutal:
Mientras en Tabasco la violencia creció más del 400% durante el mandato de Adán Augusto, hoy el gobierno federal pretende convencernos de que basta con aumentar el presupuesto a inteligencia para contener la delincuencia. La Guardia Nacional y el CNI manejan recursos millonarios sin transparencia, como si estuviéramos regresando a los tiempos de Calderón, pero con el disfraz de la “cuarta transformación”.
A todo esto, se suma un fenómeno urbano:
La gentrificación de la Ciudad de México. La protesta más reciente en el sur de la capital, con destrozos en el MUAC y estaciones del Metrobús, ilustra el descontento creciente. Sin embargo, la respuesta del gobierno local, encabezado por Clara Brugada, no es generar alternativas de vivienda ni desarrollo urbano equilibrado, sino limitar artificialmente las zonas más demandadas, apuntando a una lógica más ideológica que funcional. ¿Estamos ante los primeros pasos de un populismo urbano que amenaza incluso la propiedad privada?
En el fondo, lo que vivimos es una lucha por el poder dentro de Morena. La ausencia de un liderazgo claro tras López Obrador ha abierto la puerta a enfrentamientos internos, a discursos cruzados y a decisiones contradictorias. La narrativa de “no somos iguales” ya no convence ni a los caricaturistas aliados, ni a los militantes críticos, ni al ciudadano común que observa con escepticismo cómo se derrumba el relato oficial.
El caso Adán Augusto no es un simple escándalo aislado: es el símbolo de un sistema que se tambalea, de un partido que vive de un liderazgo ausente y de un país que aún no encuentra rumbo en medio de discursos reciclados y promesas sin estrategia.

